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19 Jul 2008 
Esa energía que nos invade y transforma nuestro ser por completo, hasta el punto de permitirnos la fusión con lo mejor de cuantos nos rodean. Aumentan la empatía, los respetos, la comprensión y la mutua satisfacción.  

Cuando el amor nos mueve, la vida adquiere una nueva dimensión. El chip cerebral del “a que sí” se enciende y se abren las posibilidades. Las ideas, los actos  y las emociones comienzan a manar en todas las direcciones propiciando las conquistas de los objetivos propuestos al aunar las capacidades y energías entre las personas.
 

Cuando el amor nos mueve, los sentimientos trágicos de la vida se diluyen hasta convertirse en una parte más de la existencia cotidiana, con más luces que sombras, con más miel que hiel. Las soledades se trasforman en complicidades acompañadas. Uno deja de estar solo frente al universo para sentirse parte responsable de un todo, en la construcción de sociedades más amables y justas.
 

Cuando alguien me dice “te quiero”, automáticamente me pregunto, ¿para qué me querrá? ¿Podré satisfacer sus expectativas? Si me dejo querer… ¿seré usado o abusado? Sin embargo, cuando alguien me muestra su amor con su mirada, su expresión corporal o sus actos me fundo sobre su ser como mantequilla sobre tostada para ser apetecibles a la vida y generar actos creativos.
 

Reconozco que el amor me mueve y me seduce, cada día con más fuerza, entre todo lo que me rodea. El amor me renueva cada día para libar las esencias escondidas en los actos cotidianos.

César Sobrón · 6 vistas · 0 comentarios
18 Jul 2008 

 

Hay lugares propicios para la creación literaria. Espacios que regalan historias e invitan a participar en el  juego, a la memoria. Espacios que despistan los sentidos y abren la puerta a la fantasía.




El aire roza las hojas del zapotero que crece en el patio poligonal  para asomarse tímidamente al horizonte. Los zarpazos del viento son tan inesperados y violentos que bien podrían arrancar una rama. El zapotero precavido, ha expandido su copa a ras de cumbre del tejado.  Árbol simulador como cotorra, que imita la lluvia en plena tormenta o las olas del océano  al empotrarse contra las rocas.

                    


La habitación número siete del hotel rural La casa de los camellos de Agüimes, es uno de los lugares favorables. Una mina para dramaturgos en la que puede que aparezca una veta de vida intensa digna de ser llevada a la escena o, por lo menos acumularla en los archivos para estructurar personajes en obras futuras. Un bello rincón en la ciudad de la utopía que refleja el buen gobierno. Pequeños vestigios de ruina, confirman los esfuerzos por parte de todos para llegar a donde han llegado.




Pasear por los callejones de Agüimes es una experiencia casi mística. Luz que resbala por las paredes y penetra hasta lo más profundo de la consciencia. La belleza y la armonía son posibles.  El deleite, inevitable.




César Sobrón · 8 vistas · 0 comentarios
15 Jul 2008 
¿Arte o complicidad en el autoasesinato? 
Esta es la duda que me asalta, cuando veo la plaza enfervorizada contemplando como un toro cornea un torero mientras éste le conduce a la muerte en una danza macabra.

Observando los resultados, es un arte cruel para satisfacción del animal que también llevamos dentro. Mueve emociones. La energía fluye o se apaga al compás que marque la tragedia en las furias que se encuentran.
Cada toro es un mundo. Sus reacciones sobre el ruedo son imprevisibles. Tras vivir libre en la dehesa, son las cinco de la tarde y toca rebelarse ante su soledad, esclavitud y muerte sobre la arena. Luchar hasta la muerte.
Cuanto más sincero es el toro más jaleado es, y la bestia se crece en su miedo en la tormenta de aplausos. Más brío en sus embestidas, más armonía en sus movimientos, más se arrima el torero a sus astas, más cerca la muerte ronda, más se funden los cuerpos del monstruo que amenaza y el torero que se libra de una cornada, por el espesor de la tela de una capa y la seda de su pernera.

“La gloria o la nada” parece que gritan algunos toreros cuando entran con la espada. Pierden la noción del espacio y del riesgo, dispuestos a pagar en sus carnes el daño que a su rival regalan.
Eso es lo que se espera de la fiesta de la muerte desde los tiempos del circo romano.
Descubrir  y proyectar las grandezas y las miserias  de los espectadores al tiempo que las sangres riegan las arenas.

Si a los gladiadores caídos que habían luchado con bravura se les perdonaba la vida, si a los toros nobles y bravos se les devuelve a la dehesa tras curarles las heridas.
Antes de que pronto muera en la arena, yo indulto a José Tomás. Me ha demostrado su absoluto desprecio a la vida cuando se trata de entregarse en cuerpo y alma en el rito de vida y muerte, de inmortalidad y fama. 

También comprendo a los protectores de la vida y los animales que se escandalicen al saber que dos animales, uno homínido  y otro bovino, se están matando entre el regocijo de cuantos miran, en el mejor de los casos. Y en muchos, indiferencia.
 Comprendo perfectamente que se horroricen, incapaces de participar del arte instantáneo que en la danza surge si el toro quiere, el torero puede y el tiempo lo permite.
   


César Sobrón
César Sobrón · 21 vistas · 1 comentario
14 Jul 2008 
¿Quién es el responsable de la muerte de 4 personas, en Yecla, estranguladas por el miedo a la pobreza absoluta? 

¿Quién ha empujado al abismo de la locura a un ser, hasta el punto de asesinar a sus hijos y su esposa, para terminar suicidándose?

¿Son las primeras víctimas de la lista de daños colaterales en el capitalismo despiadado?
¿Estallarán las violencias por la frustración social acumulada?  

¿Puede la velocidad del dinero generar tales fricciones que haga que se volatilice?
¿Será la gran crisis quien nos mueva los valores esenciales?

¿Podremos encontrar paraísos en el interior individual que reviertan y contaminen el entorno para superar la lacra del consumismo?
 

Soy un ser con más preguntas que respuestas en mis opiniones. La duda no me asusta, Medusa no me paraliza con su mirada inquisitiva.

César Sobrón · 7 vistas · Escribir un comentario